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Un secreto no tan secreto

  • Writer: Ambachake Embera
    Ambachake Embera
  • Jun 22, 2021
  • 3 min read

Fotos de @jaironicolasb_

Por: Jairo Nicolas Bernal



Semanas atrás una tía de Daniela le había regalado un computador portátil. No era nuevo, pero tampoco inutilizable, tenía dañado solamente el teclado. Después de mandarlo a arreglar, ella pensaba llevarlo de sorpresa a los niños de la comunidad émbera chamí. No me había pedido guardar el secreto, pero se daba por entendido que así era el trato.


Por esos días Luzbeidy, una amiga del pueblo indígena wayü, nos hizo el favor de colaborarnos con un mercado de frutas para llevárselo a Doña Enriqueta, la mamá de Don Jairo Borocuara. Doña Enriqueta se encontraba muy mal de salud. Tras varios días de estar hospitalizada en Risaralda, el personal médico le había hecho la sugerencia a la familia Borocuara de iniciar lo más pronto posible el tratamiento de diálisis por problemas renales. Por esa desconfianza a la medicina occidental, además del arraigo a sus valores culturales indígenas, decidieron optar por curarla con medicina propia.


Ese día pensábamos encontrar a Doña Enriqueta en reposo, pero no, se había ido —según lo que nos dijeron los niños— a pedir caridad. A pesar de ser una mujer anciana de 72 años, diariamente sale a mendigar a las calles o a los túneles que conectan las estaciones de Transmilenio en Bogotá. Lo que recoge, poco o nada, sirve para cubrir parte de la renta de la casa o para comprar los alimentos. A veces suele ir acompañada de uno o varios de los niños; aunque deprimente, es una de las pocas opciones posibles que tiene para conmover a las personas y recibir una que otra moneda.


En el camino de ida Daniela me contó que los niños de la comunidad, doce aproximadamente, el año pasado (2020) desertaron de la escuela; pero claro, aparte de no tener celular, computador o Tablet, mucho menos internet, pasaban hambre. Dada la pandemia, por la falta de compradores, las mujeres dejaron de vender sus artesanías en las calles. O salían, pero no se topaban ni con un alma. Esa situación puso en jaque su economía, el único sustento diario de estas familias. Esa fuente que les permitía sobrevivir en Bogotá era ahora inexistente.


Del otro lado, para los niños de la comunidad émbera chamí en Bogotá no recibir clases presenciales durante la pandemia fue una gran desventaja. Ineludiblemente en el plantel educativo contaban con un refrigerio diario. Para sus padres -mejor dicho: para las madres- el colegio más que constituir un lugar para el aprendizaje de sus hijos es una guardería que les permite mantenerlos a salvo del peligro al que están expuestos en la calle al igual que de ser reclutados en la ciudad por bandas criminales.


Este año la historia escolar parecía repetirse de nuevo para los niños. Sin embargo, después de una lucha incesante, Daniela junto a Don Jairo, hicieron la gestión necesaria para matricularlos otra vez. Previo al paro nacional, ellos asistían una vez por semana. Lo más importante era que el distrito de Bogotá les garantizaba la ida y regreso a casa en una Aerovan.


Después de una larga charla con Don Jairo nos despedimos de él y los niños.


Ocho días después regresamos. Esta vez con la grata sorpresa de llevarles un computador. De sorpresa ya no tenía mucho: la semana pasada por pura ligereza, dejándome llevar por mis deseos, había abierto la boca, revelando el secreto de Daniela. Los niños aquel día esperaban el computador, era más que evidente, sin embargo, para distraerlos llevamos otro regalo: un monopatín. Suponía yo que un juguete los iba a distraer de lo importante. Pero no fue así. Héctor, Luz Aleida, Doris y Never preguntaron varias veces por el computador. «¿Cuál computador?» respondía yo de forma irónica.



Después de un rato, Daniela hizo entrega de tan anhelado computador portátil. Lo recibieron emocionados. Pero el más emocionado de todos fue Never, los ojos se le aguaron, su alegría era sincera.


La pregunta que más inquietaba a los niños era si el computador tenía internet. No, pero podemos gestionarlo con el distrito —dije—.


Daniela les enseñó a encender el computador, a utilizar el buscador de Google, también a dibujar en Paint. Mientras tanto yo estaba atrás, casi que invisible, siendo testigo de sus reacciones, de ese asombro por un dispositivo tan normal en la vida de todos, pero tan extraordinario en la vida de ellos; en su amarga vida.


—Los niños deben pensar que somos millonarios—dice Daniela— mientras vamos en el bus de regreso a casa.


Ojalá lo fuera, pienso en voz baja.

 
 
 

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